Hubiera podido ser una hermosa noche de luna llena. Sin embargo, la figura que corría por las oscuras calles tan rápida y silenciosamente como se lo permitía su ansiedad no disfrutaba en absoluto de la belleza nocturna. Desesperadamente, alzaba la cabeza hacia el cielo una y otra vez, sin aflojar el paso, en un intento de calcular el tiempo que le quedaba hasta que la luna llena se alzara en el cielo en todo su esplendor. Las espesas nubes que habían cubierto el cielo se estaban haciendo jirones casi tan rápidamente como las esperanzas del corredor, y éste supo que, esta noche, nada lo libraría de su transformación licántropa. Sólo podía apelar a su energía y su velocidad para llegar a casa antes de que la transformación tuviera lugar.
El licántropo apretó los dientes, tratando de contener sus cada vez más ansiosos jadeos. Empezaba a sentir un picor característico en su piel, y sus ojos, hechos a la oscuridad, captaban el aumento de luminosidad a su alrededor. No estaba lejos de casa, pero su esforzada carrera lo había dejado agotado y notaba que sus fuerzas empezaban a flaquear. Miró de nuevo hacia el cielo, y sintió como si se quemara. A través de las finas hebras nubosas que aún quedaban en el cielo, se adivinaba claramente una redonda moneda blanca que lo llamaba con una fuerza casi irresistible. Sintió que un gemido animal escapaba involuntariamente de su garganta. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, el licántropo comenzó a correr aún más deprisa, ignorando el dolor punzante de sus extremidades. Sólo dos calles más, se dijo, animándose mentalmente. Sólo dos calles, y estaré en casa.
Si sólo pudiera correr un poco más y llegar hasta casa...
Si pudiera encerrarse en el arcón y esperar a que pasara la noche...
Un claro en las débiles nubes lo sorprendió a menos de cien metros de su portal. La luna, redonda y traviesa, iluminó al licántropo a través de la abertura, y éste se derrumbó con un aullido sobre la acera mientras la transformación tenía lugar. Su espeso pelo lobuno empezó a caerse de su piel, dejándola desnuda. Sus patas empezaron a engrosarse, y ahora tenía manos y piernas donde antes estaban sus garras. Y su hocico se encogía dolorosamente para transformarse en una boca humana.
Al cabo de tan sólo unos minutos, el licántropo, completada ya su transformación en hombre, se incorporó y se dirigió a su casa. Su acerado instinto asesino, ese que, al contrario que a los animales, le empujaba a matar por el mero placer de hacerlo, le hizo sonreír con sádico placer mientras pensaba en su colección de cuchillos. Realmente estaba hambriento de sangre... los veintiocho días desde la última luna llena se le habían hecho eternos.
Pero ahora, aunque sólo fuera esta noche, él tenía el control sobre su cuerpo dual.