La Coctelera

Categoría: Cuentos, historias y paranoias

15 Septiembre 2009

Paseo a Mauro todos los días, más o menos a la misma hora... en la medida en que mi propio horario me lo permite, claro, aunque no es que ahora esté muy ocupado precisamente. Habitualmente lo saco por los mismos sitios: el parque y el paseo del río. A pesar de su tamaño, aún es cachorro; tenga en cuenta que los podencos son muy grandes, y a los seis meses ya casi tienen el tamaño de un adulto, aunque conserven todavía los esfínteres de un cachorro. Le cuesta un poco aguantarse sus cosas. Así que tengo que sacarlo por lo menos cuatro veces diarias. Y aun así, algunos días se hace sus cosas en casa.

Usted ya sabe que los podencos son perros de caza. Y sí, lo admito, lo tengo principalmente porque soy cazador. No por eso lo quiero menos, ojo. Nuestros hijos ya se han ido de casa, yo estoy prejubilado con esto de la crisis, y mi mujer y yo estábamos un poco solos. La casa vacía y todo eso; ya me entiende. Mauro nos hace compañía, y sobre todo, nos hace felices. Pero también es una herramienta de caza. Ya lo he llevado a la media veda, y a pesar de ser tan joven, promete. Tiene muy buen olfato. Ya me lo imaginaba, porque en el parque no hace más que olfatear por las zonas donde se suelen esconder los gatos callejeros, y en el paseo del río siempre encuentra enseguida a los pequeños roedores que se esconden entre los arbustos. Y siempre encuentra los juguetes que le escondo. El olfato de Mauro no falla.

Bueno, qué le voy a contar que no sepa ya usted. A Mauro siempre le da por escarbar en el parque, en los mismos sitios. Como una locomotora, se pone. Algunos días me preguntaba qué hacía, y descubría que estaba desenterrando la manguera del riego de las plantas, para morderla. Lo regañaba, y lo dejaba de hacer. Otros días escarbaba en la tierra hasta sacar una piedra enterrada en el suelo; y me la traía tan contento, como un regalo, o un premio. A veces incluso desenterraba los restos de animalitos muertos, pájaros y cosas así. Realmente nunca le di importancia al hecho de que escarbara en los mismos sitios. Es normal en los perros, ¿no?

Pero entiéndame, agente. Nunca pensé que desenterraría un brazo humano.

5 Mayo 2009

No sé cuánto tiempo llevo aquí.

No... no lo sé. No. Creo que mucho. No sé.

Muy largo.

Quiero salir de aquí. Por favor. Por favor. Por favor. Por favor por favor por favor por favor ohporfavorbastaporfavorporfavor...

Por favor.

No me he movido de aquí en... en lo que llevo de tiempo en este sitio. Mucho tiempo.

Huelo mal. Por favor, basta. Estoy sentado en un charco de mis propios meados encima de mi propia mierda no sé cuánto tiempo no sé oh por favor no sé no sé no...

No.

Me duelen las muñecas. Las cuerdas. Me muerden. Me muerden como él me muerden otra vez no por favor no no no esa nana no no no basta por favor basta basta basta bastabastabastanonono...

Duele...

Agua. Comida. No sé cuánto hace. Vinieron la última vez. Me la dieron a oler.

Se la llevaron. Hijos de puta. Por favor. Por favor. Por favor.

A veces viene ese tío. Tiene la voz grave. Rasposa.

Viene y empieza a cantar una nana. Con voz indiferente. Átona.

Y en mitad de la nana se lanza sobre mí me muerde me clava los dientes oh por favor en la cara no por favor en las orejas en el cuello duele no no no no no por favor duele duele duele...

Quiero salir de aquí quiero salir de aquí por favor oh por favor quiero salir de aquí...

20 Abril 2009

¿Y si Medusa invirtiera su poder y, en lugar de petrificar a los seres vivos con la mirada, convirtiera la piedra en carne?

Creo que lo primero que haría sería llevarla al Congreso a saludar a los leones. Pero sólo cuando el Congreso esté lleno de políticos, claro.

26 Febrero 2009

Hubiera podido ser una hermosa noche de luna llena. Sin embargo, la figura que corría por las oscuras calles tan rápida y silenciosamente como se lo permitía su ansiedad no disfrutaba en absoluto de la belleza nocturna. Desesperadamente, alzaba la cabeza hacia el cielo una y otra vez, sin aflojar el paso, en un intento de calcular el tiempo que le quedaba hasta que la luna llena se alzara en el cielo en todo su esplendor. Las espesas nubes que habían cubierto el cielo se estaban haciendo jirones casi tan rápidamente como las esperanzas del corredor, y éste supo que, esta noche, nada lo libraría de su transformación licántropa. Sólo podía apelar a su energía y su velocidad para llegar a casa antes de que la transformación tuviera lugar.

El licántropo apretó los dientes, tratando de contener sus cada vez más ansiosos jadeos. Empezaba a sentir un picor característico en su piel, y sus ojos, hechos a la oscuridad, captaban el aumento de luminosidad a su alrededor. No estaba lejos de casa, pero su esforzada carrera lo había dejado agotado y notaba que sus fuerzas empezaban a flaquear. Miró de nuevo hacia el cielo, y sintió como si se quemara. A través de las finas hebras nubosas que aún quedaban en el cielo, se adivinaba claramente una redonda moneda blanca que lo llamaba con una fuerza casi irresistible. Sintió que un gemido animal escapaba involuntariamente de su garganta. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, el licántropo comenzó a correr aún más deprisa, ignorando el dolor punzante de sus extremidades. Sólo dos calles más, se dijo, animándose mentalmente. Sólo dos calles, y estaré en casa.

Si sólo pudiera correr un poco más y llegar hasta casa...

Si pudiera encerrarse en el arcón y esperar a que pasara la noche...

Un claro en las débiles nubes lo sorprendió a menos de cien metros de su portal. La luna, redonda y traviesa, iluminó al licántropo a través de la abertura, y éste se derrumbó con un aullido sobre la acera mientras la transformación tenía lugar. Su espeso pelo lobuno empezó a caerse de su piel, dejándola desnuda. Sus patas empezaron a engrosarse, y ahora tenía manos y piernas donde antes estaban sus garras. Y su hocico se encogía dolorosamente para transformarse en una boca humana.

Al cabo de tan sólo unos minutos, el licántropo, completada ya su transformación en hombre, se incorporó y se dirigió a su casa. Su acerado instinto asesino, ese que, al contrario que a los animales, le empujaba a matar por el mero placer de hacerlo, le hizo sonreír con sádico placer mientras pensaba en su colección de cuchillos. Realmente estaba hambriento de sangre... los veintiocho días desde la última luna llena se le habían hecho eternos.

Pero ahora, aunque sólo fuera esta noche, él tenía el control sobre su cuerpo dual.

11 Febrero 2009

Joaquín lucía esa noche un aspecto extremadamente apuesto y elegante, salvo por una minúscula gota de sangre en el cuello; en ese momento la asocié a un leve corte al afeitarse. Tomó mi mano entre las suyas (pálidas, largas y muy frías) y sonrió mientras se inclinaba hacia mí y me susurraba al oído, con su aliento cálido cosquilleándome bajo la oreja, que le habían hecho un regalo muy especial y que deseaba compartirlo conmigo.

Ahora todo lo que tengo es el recuerdo de su beso y de la calidez de una gota de sangre resbalando por mi cuello. Y también esta extraña sensación de hambre, insaciable, que me atenaza a todas horas.

9 Febrero 2009

La anciana de la bata gris barría lenta y parsimoniosamente el piso con su vieja escoba, ris ras, ris ras, mientras murmuraba para sí una sarta de ininteligibles y aparentemente interminables quejas. A pesar de su trabajo, miraba de soslayo a un hombre de mediana edad que permanecía de pie, apoyado contra la pared, a unos pocos metros de ella.

El hombre lloraba en silencio, con lágrimas como puños resbalando por sus mejillas. Sostenía entre sus manos una vieja fotografía, ahora tan manoseada y deslustrada, que a la anciana le resultaba imposible distinguir la imagen desde donde estaba. Sin embargo, a lo largo de los años, la anciana había visto antes a muchas personas como él, y sospechaba cuál sería el resultado. Suspiró brevemente, y continuó relatando en voz queda mientras amontonaba los últimos despojos que quedaban en el suelo, para posteriormente acumularlos en su recogedor.

Cuando volvió a levantar la vista, junto a la pared no quedaban más que los pedazos del alma rota del hombre y una foto descolorida. Fastidiosamente, se dirigió hasta allí con su escoba y, sin parar de gruñir, comenzó a barrer de nuevo el piso, ris ras, ris ras, observando por el rabillo del ojo a las personas que quedaban allí dentro. Nunca, en sus largos años como barredora de almas rotas, habían cesado de llegar personas a aquella habitación.

28 Enero 2009

El hombre invisible llegó, como todos los días, puntual a su trabajo, dejando tras de sí un revuelo de puertas que parecían abrirse y cerrarse solas misteriosamente y de pasos que avanzaban por un pasillo vacío. Sin embargo, nadie levantó la vista. Nadie se asomó a ver qué sucedía. Todo parecía normal. Hacía mucho tiempo que el hombre invisible llegaba puntual a su trabajo todos los días.

El hombre invisible se sentó en su silla de oficina con un crujido impensable en una silla vacía, y encendió su PC con un dedo transparente. Leyó los correos atrasados, como todos los días. Y después se puso con los informes pendientes, como todos los días. Los mismos informes que le serían reenviados de vuelta pocos días después, para que los reescribiera de nuevo, acompañados de una serie de observaciones mordaces y agresivas. La misma rutina de siempre. A menos, claro, que la rutina de siempre se viera modificada sin que nadie se lo avisara.

Hubo una época en que el hombre invisible no era invisible. Pero todo eso cambió hace mucho tiempo, cuando se les hizo saber a todos sus compañeros su nueva condición de hombre invisible, dispuesta unilateralmente por un chamán hacedor de invisibilidades. Hubo quien se resistió a aprobar dicho cambio, pero misteriosamente, al poco tiempo los rebeldes se convirtieron en rebeldes invisibles. Y poco a poco, se marcharon, sin hacer ruido. Sin que nadie los viera partir. ¿Acaso hay algo peor que la nada?

El hombre invisible suspiró con unos labios imperceptibles y siguió tecleando.

25 Enero 2009

Decías que lo querías. Con toda tu alma. Que harías cualquier cosa por él.

Eso decías siempre.

Yo no podía entender qué le veías, con sus gafas de diseño, su actitud prepotente y pagada de sí misma, y ese asqueroso tonillo de autosuficiencia con el que se dirigía a todo el mundo. Qué tenía él que yo no tuviera. Por qué le elegiste a él, en vez de a mí.

Y siempre te jactabas de lo mucho que él también te quería a ti. Somos uña y carne, decías siempre. Somos un todo. Nuestra vida no tiene sentido si no es el uno junto al otro.

Y yo siempre te decía que abrieras los ojos. Que él no te quería tanto, en absoluto. Que él no lo dejaría todo por ti, no daría su vida por la tuya. Que, sin embargo, yo sí lo haría. Yo te quería de verdad. Te quería muchísimo.

De hecho, a pesar de todo, aún te quiero. Todo esto lo he hecho por ti. Para que te dieras cuenta.

Ya lo has visto. Ha sido empezar a torturarlo de verdad, y ahí lo tienes, llorando, suplicando por su vida. ¿Quieres que sufra ella por ti? Y me ha contestado Sí, por favor, para. Házselo a ella. Házselo a quien sea. Pero para ya.

Tú misma lo acabas de oír. Así que, ahora, te pregunto de nuevo: ¿crees que él te quiere de verdad? ¿Sigues pensando que él lo daría todo por ti?

Dime. ¿Seguirías haciendo cualquier cosa por él?

¿Sufrirás por él?

Yo sí haría cualquier cosa por ti. Y entiendo el amor verdadero. Así que responde, y te complaceré. ¿Quieres sufrir por él, o quieres que sea él quien sufra?

Ahora tienes la oportunidad de demostrar si lo que sientes por él es amor verdadero.

Decídete.

Sobre El tablón naranja

Algún día, mis pajaritas y yo dominaremos el mundo.


Cthulhu demands...

No al recorte en I+D

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